Un pequeño niño camino a su hogar,
por veredas sin tristeza,
encontró en su andar
un viejo de barba espesa.
El hombre de piel nubosa,
abrigado en la cruel muerte,
buscó dentro de su esposa
dos grandes piedras de la suerte.
Entregó las bellas rocas,
al indio de blanca conciencia,
a cambio de sus antiguas creencias,
convenciéndole de que eran locas.
Ahora la historia a cambiado,
el indio, sin creencias,
y mucho menos riquezas,
lleno de tristeza ha caminado,
solo, sin paz y sin techo,
siempre cargando las pepas,
una brillante en las ideas,
y otra sangrante en el pecho.
El antes libre y soberano,
ahora esclavo del anciano,
ha querido soltarse las amarras,
ha querido salvar a sus críos,
sin saber, que ya no es dueño de sus tierras,
sin saber, que ya no es dueño de sus líos
sin saber siquiera, que ya es libre.
Hoy el viejo ha cambiado,
pero de sus entrañas salido,
vaga por el mundo, ataviado,
un pequeño simio malparido.
Esta noche el anciano llora, al saber de la peste
que han sembrado sus dos cuentas de la suerte.
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